martes, 16 de octubre de 2012

Gabriel

Cuando a las 16 semanas de embarazo nos dijeron que ibas a ser un niño, tuve que ponerte un nombre. Y digo que tuve que hacerlo porque no quisiste que fuera de otro modo. Estuve dando vueltas y vueltas en la cama y vos revoloteando. Finalmente fui a decirle a tu otra mami, que por esas noches no podía dormir demasiado, que quería que te llamaras Gabriel, si a ella le gustaba. Y te quedaste tranquilo y me dormí inmediatamente.
 
Hasta que naciste, cada vez que te movías mi panza parecía desafiar todos los límites perimetrales. Estabas aquí y al otro segundo allá y nuevamente por aquí. No parabas. No pasabas desapercibido.
Llegaste a casa dos días después que tus hermanos. Te quedaban aún varias dosis del antibiótico que te dieron. Sufrí cada uno de esos pinchazos. A veces seguías llorando por horas  y no había arrullo ni canto ni abrazos que calmaran tu angustia. Tu sonrisa de bebé pequeño y regordete me tenía loca de amor. Siempre querías que estuviera con vos, que sostuviera tu manito. Incluso tomando el pecho o la meme no podía soltarte porque dejabas de comer.
A los cuatro meses te diste la vuelta carnero y te arrojaste fuera del huevito. No te puedo explicar el miedo que tuve de que algo te pasara. Fue mi primera corrida a emergencias con vos en brazos. No me imaginaba por ese entonces que conoceríamos las clínicas de todos los sitios donde fueramos de vacaciones o que a los dos años ibas a salir con un yeso en el brazo luego de una de esas visitas.
A los siete meses gateabas, reptando, por todos lados. Ibas a visitar a la Pelu atravesando el túnel de sillas debajo de la mesa. Te salías de cualquier lugar donde te pusiera. Abrías los cajones que estaban a tu alcance. A los ocho meses, tu abuela te sentó enfrente y te arrojó una pelota haciéndola rebotar una vez a mitad de camino. Cuando se la devolviste del mismo modo, pensé que podría ser casual, pero tuve que abandonar la idea cuando repetiste el movimiento una y otra vez. Hacías el "que linda manito" con un estilo flamenco que convocaba multitudes a tu alrededor en cualquier paseo.

A los quince días de ver a tu hermano caminando, decidiste que ya era hora y sin más preámbulos te paraste apoyando la espalda en el corralito, brazos en alto y saliste hacia adelante. Uno, dos, tres, cuatro pasos, veloces como el rayo y aterrizaje forzoso continuado. No te importó. Incluso ahora cada vez que corrés te tengo que recordar, muchas veces a los gritos para que me escuches porque ya vas muy lejos, que no te olvides de mirar hacia adelante.

Si cuando pedíamos una pizza y venían las aceitunas con carozo, nos apresurábamos a quitarlas para que ustedes no las pidieran, vos metías tu pequeño dedito en el hueco de la muzzarella y nos mirabas mostrándonos que te habías dado cuenta de todo.
 
Luego de un año de haber visitado a mi padrino en su finca, lo esperaste a él y sólo a  él para pedirle que te volviera a subir a ese árbol, como la última vez. Te acordás como nos sentamos todos a la mesa aquella noche que vinieron los tíos a comer. Y que Nico preparó bombones cuando estábamos de vacaciones y vos no, porque dormías y después lloraste porque porque vos querías "cocinarlos", pero te los comiste igual.

Te iluminás pintando, no parás de cantar y bailar y todo tu cuerpo expresa la felicidad que sentís al hacerlo. Te gusta probarlo todo, todo, todo. Por eso aún ahora tengo que estar pendiente de qué cosas te metés en la boca. Sos el primero en proclamarse voluntario para ayudar en cualquier tarea doméstica: limpiar, barrer, llevar cosas de un lado a otro, acomodar zapatitos en el bolso de viaje, emparejar medias. Y lo que más te gusta es ayudar a cocinar: lavar verdura, guardar la verdura cortada, pelar choclos, desgranar arvejas, amasar, revolver, untar las tostadas. Cualquier cosa que parezca un micrófono te impulsa a improvisar una canción y montar el show: ademanes, baile, ladeos de cabeza, extender los brazos y gritar aclamándote en un "bravo" para terminar.

Tus ojitos de cielo, tu pelito rubio y suave,  tu nariz de porotito. Tus manitos y tus pies son una copia diminuta de los míos. Sos un bebé hermoso. Mi bebé hermoso, mi bomboncito de chocolate blanco.
 
Afectuoso y cálido. Intenso, vibrante y enérgico. Sensible desde el corazón hasta la piel. Tu cuerpo y tu cabeza se mueven a un ritmo difícil de acompañar. Simpático y sociable. Te cuesta detenerte, los besos se pueden transformar en mordiscos, los abrazos en apretones y un llanto en serenata inconclusa. Tu risa suena como mil campanitas en el aire. Asiduo visitante de la cama grande, no lográs conciliar el sueño sin una mano agarradita, sin un abrazo. Si el insomnio se vuelve compañero nada de eso alcanza: ténes que usarnos de colchón y de almohada.  Te das vuelta y un beso. Y otra vuelta más. Y las patitas arriba. Y las patitas abajo. Y otro beso.  Algunas siestas te miro dormido, te acaricio la cabeza, mido que el largo de tu fémur aún entre mi meñique y mi pulgar, si estiro mucho los dedos. Eso me devuelve la conciencia de que sos aún chiquito, porque has crecido tanto hijo mío, que a veces me confundo.
 
Te amo, te amo infinitamente, intensamente. Desde las venas y desde el alma. No puedo hacerlo de otro modo. Te amo libre y también apretadito a mí. Amo tu modo de ser y de hacer las cosas. Amo todo lo que nace de vos. Me moviliza tu pasión y tu fuerza. Tu impulso creativo, tu mirada inteligente. Me conocés de aquí a la luna, ida y vuelta. Tenés la capacidad de sorprenderme siempre.
 
Gracias hijo mío, por darnos la oportunidad de tenerte con nosotras, de cuidarte, de verte crecer, de ir conociendo el ser maravilloso y especial que sos. Gracias por regalarnos tu amor sin límites, sin condiciones. Tenemos tanto que aprender de vos. Mi dulce bebé, mi principito, mi amor, mi cielo. Gracias hijito precioso. Te amo.
 
Pintando su mural, un brazo enyesado no es excusa
 
 
 



2 comentarios:

  1. Gabriel es un lanzado, eh? No encaja con las dos miedosas que me quedan en eso, pero sí en lo cariñoso, en los abrazos y en la alegría... un abrazo de un hijo hace que los pulmones se llenen de aire puro derepente, de una forma indescriptible... Besitos Gabriel!

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    1. Gracias por tu comentario amiga! Si, es así, sus abrazos renuevan mi aire. Besos para ti y las tres niñas hermosas que tienes!

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